Expedición a Laponia

Entre el 9 y el 14 de este mes de febrero, once amigos y yo realizamos el que posiblemente será el viaje más recordado de nuestro Erasmus. El destino era Kiruna, la ciudad situada más al norte de Suecia y englobada dentro del Círculo Polar Ártico. Para desplazarse entre Göteborg y Kiruna hay que tomar tres trenes, y el tiempo estimado es de 22 horas por trayecto. Esto suponiendo que no haya ningún imprevisto; unos amigos nuestros que fueron unos días antes que nosotros tuvieron un «pequeño» retraso de 14 horas, debido a las malas condiciones de aquellos días (una gran nevada a -42º). En nuestro viaje, tanto el tren como la climatología se portaron bastante bien, y entre películas, risas y alguna cabezadita nocturna, las 22 horas no se hicieron tan pesadas como cabría esperar.

Kiruna nos recibió cubierta de un enorme manto de nieve, y aunque todavía eran las cuatro de la tarde, ya era noche cerrada. Fuimos al centro de la pequeña ciudad para comer algo y a continuación quedamos con los criadores de perros para la primera aventura: trineos de huskies. Tras llevarnos en furgoneta a sus casas, ya muy lejos de la población, nos repartimos en varios grupos y nos cubrimos con incontables capas de ropa. En cada trineo de 14 perros, íbamos cinco «paquetes» sentados y el guía, que iba de pie atrás, desde donde dirigía a los perros diciéndoles «izquierda» y «derecha» en sueco. Aunque al final ya nos acostumbramos e íbamos más confiados, al principio nos impresionó la velocidad y la fuerza con la que tiran los perros, además de la sensación de inestabilidad en las curvas cerradas y los baches de hielo. En la mitad del trayecto, nuestro guía hizo una parada en una tienda de campaña sami en la que nos preparó una sopa de pescado y un té, mientras nos contaba su historia y el porqué de vivir en un lugar tan remoto. No era mi cena favorita, pero cualquier sopa caliente se agradece con tan bajas temperaturas.

Esa noche, tras establecernos en nuestra acogedora cabaña y deshacer las maletas, fuimos a la sauna. Estaba situada sobre un lago congelado (con una capa de hielo de más de 1m de espesor), y en el interior de la sauna había una trampilla en forma de foso para bañarse en las gélidas aguas de dicho lago. Estuvimos varias horas jugando a pasar del calor de la sauna al agua helada y saliendo a revolcarnos por la nieve en bañador. Sí, suena un tanto masoca, pero era divertido.

El día siguiente estaba destinado a ser de descanso, ya que no teníamos ninguna actividad programada. Nos planteamos cruzar hasta Noruega para ver los fiordos del norte, pero la predicción meteorológica no estaba de nuestra parte, así que decidimos dejarlo para otra ocasión. Finalmente utilizamos ese el día para hacer cosas típicas de Laponia, como practicar esquí de fondo sobre el inmenso lago congelado, comer kebabs de carne de reno o pescar haciendo un agujero en el hielo con una especie de sacacorchos gigante. Pero lo más destacable de ese día fue sin duda la noche. El cielo estaba bastante menos nublado que el primer día, así que hicimos una hoguera sobre el lago y nos quedamos mirando al cielo con la esperanza de que asomase nuestra gran esperada aurora boreal. Tras un rato pasando frío y perdiendo la esperanza, comenzaron a elevarse sobre el horizonte algunas luces, muy lentamente. Ya no sabíamos si eran principios de una aurora, luces de la ciudad de Kiruna o directamente nuestra imaginación, pero poco a poco y a medida que se elevaban vimos que era cierto, ¡era una aurora boreal! Ver ese espectáculo en el cielo, al lado de una hoguera y en medio de una enorme explanada de hielo, hace que te sientas una parte diminuta de este universo infinito.

El tercer y último día antes de irnos comenzó con un duro madrugón tras la fiesta del día anterior (¡había que celebrar la aurora, eso no se ve todos los días!). El motivo era que había llegado nuestro tour en motos de nieve, concretamente un recorrido de casi 40km en el que visitábamos también un hotel construido completamente con hielo y nieve, así como su correspondiente bar. Conducir a casi 100 km/h sobre nieve es una experiencia increíble, aunque también te hace ser consciente de que esas motos no son un juguete, volcar es mucho más fácil de lo que parece y además giran muy poco, por lo que hay que tumbar bastante en las curvas. De hecho en nuestro grupo tuvimos un pequeño percance cuando Lucía se lastimó la espalda en un salto, pero finalmente sólo quedó en un susto y un par de días de reposo. Esa noche, la última en Laponia, también hicimos una buena fiesta en la cabaña para despedirnos de ese paraje único en el que posiblemente nunca más íbamos a estar.

A la mañana siguiente visitamos la ciudad de Kiruna, en la que destaca su peculiar iglesia de madera, e hicimos un poco el tiempo mientras esperábamos el tren de regreso. Veintidós horas más tarde estábamos de vuelta en Göteborg, rodeados de edificios y asfalto, aunque con grandes recuerdos imborrables de nuestra aventura en Laponia.


David Paredes

Soy ingeniero informático por la Universidade da Coruña y trabajo en el departamento de e-commerce de Zara. Mis principales intereses son los negocios, la tecnología y el diseño, aunque a menudo también escribo sobre otros temas. Puedes obtener más información en la sección "Sobre mí" de esta página.

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